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#1: Idiotas: el problema de la vivienda somos nosotros
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#1: Idiotas: el problema de la vivienda somos nosotros

effemmgi octubre 7, 2026 7 min read

Antes de seguir leyendo, haz una prueba. Pregúntate si te alegrarías de que tu vivienda valiera mañana un 30% menos. Si la respuesta es no, quizá formes parte del problema que estás a punto de denunciar.

El verdadero problema de la vivienda en España no son los fondos buitre
Cada vez que ocurre un desahucio especialmente doloroso, el país reacciona igual: se busca un culpable (sea una cara, un nombre, un enemigo,...). Vaya que muchos iluminados siguen insistiendo en que ese enemigo son los llamados fondos buitre.
Y sí, es cómodo señalarles. Demasiado cómodo.
Para todos verdad, sobre todo los que tenéis más de una vivienda, o habéis ganado dinero con ese recurso "financiero". 
Cómodo por que permite que milloness de personas se miren al espejo y no vean nada.
Los fondos no aparecieron de la nada para destruir un paraíso inmobiliario que funcionaba perfectamente. Llegaron porque encontraron una oportunidad de negocio gigantesca en un país que llevaba décadas afirmando, sin ningún pudor, que la mejor inversión posible era comprar ladrillo.
Y cuando digo décadas, quiero decir décadas.
Mucho antes de que se popularizara la expresión "fondo buitre".
Mucho antes.

Nos molesta el especulador. Nos encanta especular.
Ésta es la contradicción que casi nadie quiere admitir.
El español medio detesta la especulación inmobiliaria. Mientras no sea la suya.
Si compra un piso por 200.000 euros y diez años después vale 350.000, no lo considera especulación. Lo considera inteligencia. Visión.Esfuerzo.
Si ese mismo beneficio lo obtiene una sociedad de inversión de Nueva York, entonces de repente se convierte en una inmoralidad.
La pregunta incómoda es evidente: ¿Cuál es exactamente la diferencia? Porque el mecanismo es el mismo. Comprar algo. Esperar. Venderlo más caro. La única diferencia es quién gana.
Nos escandaliza el especulador profesional porque nos obliga a reconocer al aficionado que llevamos dentro.

El caso de la anciana desahuciada
La muerte de una anciana después de ser expulsada de su vivienda conmueve.
Y debe conmover. Sólo un imbécil reaccionaría con indiferencia ante un drama así. Pero precisamente porque conmueve hay que resistir la tentación de convertirlo en explicación.
Es una tragedia.
No es una teoría económica ni el origen del problema.
Y quizá esa sea la parte más dura de aceptar.
Porque es mucho más reconfortante pensar que todo se reduce a una anciana vulnerable y un fondo despiadado que reconocer que detrás hay un sistema completo en el que participan millones de personas que jamás pisarán una oficina de un fondo de inversión.
La tragedia es real pero no explica por qué un joven de treinta años necesita hoy una parte absurda de su salario para alquilar un piso.

Lo que hemos hecho con la vivienda
Hemos cogido una necesidad básica y la hemos transformado en una apuesta financiera colectiva.
No de forma accidental si no consciente.
Durante años los periódicos celebraban las subidas del precio de la vivienda. los gobiernos celebraban las subidas, los propietarios celebraban las subidas, los bancos celebraban las subidas y todos nosotros celebrabamos las subidas.
Nadie preguntaba para quién eran una mala noticia.
Porque toda subida tiene un ganador. Y también tiene un perdedor. Siempre.
Si una vivienda pasa de valer 150.000 euros a valer 450.000, alguien se ha enriquecido sobre el papel. Magnífico. Pero también significa que alguien tendrá que pagar esos 450.000. Y ese alguien suele ser más joven, más pobre o ambas cosas a la vez.
Eso tampoco cayó del cielo sino que es la consecuencia lógica de haber convertido el acceso a una vivienda en el principal mecanismo de acumulación patrimonial de una sociedad.

La gran mentira
La gran mentida es que Queremos solucionar el problema.
No queremos solucionarlo! Queremos una versión del problema que nos beneficie.
Queremos alquileres más bajos. Pero que nuestro piso siga subiendo.
Queremos que nuestros hijos compren barato. Pero que nuestra vivienda no pierda valor.
Queremos ciudades accesibles. Queremos rentabilidades altas. Queremos precios bajos. Queremos precios altos. Queremos todo.

Y no se puede tener todo.
Hay un momento en el que las matemáticas entran en la habitación y arruinan la fiesta.

La solución que nadie quiere escuchar
La vivienda tiene que bajar. Tiene que volver a hacerlo pero de una forma más drástica y dramática que en la última crisis inmobiliaria. No moderarse. No desacelerarse. No crecer por debajo de la inflación. Bajar. Y probablemente bajar mucho. Hasta niveles que hoy provocarían auténtico pánico político.

Porque la única manera de hacer accesible algo que se ha encarecido durante décadas es que deje de encarecerse y pierda valor.
No hay magia. No hay eslogan. No existe la fórmula secreta que permita que la vivienda sea asequible para quien compra y simultáneamente una mina de oro para quien vende.
Son objetivos incompatibles.
Y cuanto antes se reconozca, mejor.

El problema es que eso provoca una crisis
Aquí llega la parte verdaderamente incómoda. Porque desmontar este modelo significaría asumir pérdidas. Muchísimas pérdidas. Patrimonios que se reducen. Inversiones que dejan de parecer brillantes. Ayuntamientos que ingresan menos. Bancos más nerviosos. Gobiernos aterrorizados.
Una crisis, probablemente.
Y precisamente por eso nadie quiere hacerlo. Porque llevamos tanto tiempo inflando el mismo globo que ahora dependemos de él para sentirnos ricos.
¿No nos suena de algo esta música? ¿No os acordáis de lo que pasó? ¿Ah, que pensáis que no volverá a pasar? Debe volver a pasar. De hecho, estoy absolutamente convencido de ello. Y no usaré el "ojalá me equivoque".
Es que esa riqueza que ostentamos, parte de esa riqueza es, en realidad, una ficción contable sostenida por la expectativa de que siempre habrá alguien dispuesto a pagar más. Siempre más.
Siempre otro escalón. Siempre otro comprador. Hasta que deja de haberlo.

La limpieza necesaria
Las crisis son horribles. Destruyen empleo. Destruyen ahorro. Destruyen proyectos.
Nadie debería celebrarlas.
Pero a veces cumplen una función que la política se niega a desempeñar.
Obligan a aceptar realidades que llevaban demasiado tiempo escondidas: una sociedad no puede tener como motor económico permanente la revalorización infinita de algo tan básico como un techo. O mejor dicho: puede durante un tiempo. Hasta que una generación entera empieza a quedarse fuera. Hasta que la gente deja de formar familias. Hasta que compartir piso a los cuarenta años deja de ser una anécdota y empieza a ser una normalidad. Entonces descubres que el problema nunca fueron los fondos buitre. Los fondos sólo aprovecharon una oportunidad. La creó una sociedad que llevaba años convencida de que una vivienda era un hogar cuando vivía dentro de ella y una inversión cuando hablaba de su precio.

Podemos llenar las calles. Podemos protestar. Podemos aprobar leyes, decretos y planes de emergencia.Nada de eso cambiará el problema de fondo mientras sigamos creyendo que una vivienda debe ser, al mismo tiempo, un hogar asequible y una máquina de generar riqueza. Alguien tendrá que perder. Los que ganaron durante décadas gracias a la subida constante de los precios. Y también los que soñaban con hacer lo mismo algún día. Porque no se puede acabar con la especulación conservando todos los beneficios que generó la especulación. Ésa es la conversación pendiente. Y hasta que no la tengamos, seguiremos representando la misma obra una y otra vez. Cambiarán los nombres de los culpables.

No cambiará el resultado.
Seguiremos especulando.

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